08 abril 2021

Cómo piensan los niños y otros recuerdos de mi vida, de Hayao Miyazaki

Hay obras a las que uno se acerca con tanto entusiasmo como con respeto e incluso temor. Se trata de películas, series, cómics o libros que llevas ansiando mucho tiempo o cuya publicación sea algo muy inaudito e inesperado (aunque probablemente deseado). Esto último puede ser el caso de Cómo piensan los niños y otros recuerdos de mi vida, un libro que no trata sobre Hayao Miyazaki, no es un ensayo de un autor patrio o extranjero sobre el cineasta, su filmografía o uno de sus largometrajes, sino de un libro escrito por él mismo.

Desde su inesperado anuncio, por tanto, se convirtió en un volumen muy ansiado, y cuando lo tuve en mis manos no dudé en saltarme la lista de lecturas (tengo no pocos ensayos relacionados con Ghibli a la espera de ser leídos) y zambullirme en sus páginas rápidamente.

Cómo piensan los niños... es un compendio de diferentes textos (algunos de ellos transcripciones) de Hayao Miyazaki, que abarcan desde finales de los setenta hasta finales de la década pasada, donde el cineasta reflexiona sobre diferentes asuntos, incidiendo en muchos de ellos en la infancia (de ahí el título), opinando sobre el mundo de la animación (el hecho de hacer películas y la industria en sí) y tocando, en definitiva, todos los temas que trata en sus obras, además de contar algunos detalles de su vida.

Veinte son los capítulos en los que se divide el libro, la mayoría de ellos apenas superan las diez páginas, y el más largo no llega a la treintena, pero en todos ellos (o casi) hay al menos una frase que merece la pena volver atrás para leerla de nuevo.

Nostalgia del mundo perdido es el primero de los textos y en él el director de El castillo de Cagliostro reflexiona sobre la animación, los motivos por los que hay tantos jóvenes (preadolescentes concretamente) aficionados al anime, sobre las series de mecha (y lo que les molesta de ellas), además de aconsejar que, antes de precipitarse al mundo laboral, estudiar y aprender lo máximo posible mientras se tenga tiempo, para así, cuando se llegue a ser animador profesional, tener una buena base donde apoyarse. En este primer texto, en lo referente a la edición, se nota que no se quieren dirigir exclusivamente al público otaku al escribir cosas como “cómic manga”, explicando a la par que se evita un glosario.

En Mi punto de partida un Miyazaki ya entrado en la cuarentena reincide en el tema de la animación, preguntándose si son necesarios tantos programas de animación a la par que desea “crear algo atrayente”. A partir de ahí discurre sobre el mundo de la animación y sus industrias aledañas (mercadotecnia, manga...), y que a pesar de estar bombardeados por tantas obras (y no solo se refiere a dibujos animados) tan pocas dejan mella, mostrando su preocupación por cómo puede influir a los niños el ver un mundo simulado como el anime. En el siguiente apartado, Mis cosas favoritas, se encuentra una de las partes más divertidas de todo el volumen, su descripción de su Citroën 2CV, y sus aventuras con él, es muy cómica, poniéndose más serio en la segunda parte del texto al relatarnos su fascinación por un tipo de arquitectura en particular (que define como nostálgica) y el Museo al aire libre Edo-Tokio en particular.
Tras varios éxitos, el Studio Ghibli pudo asentarse en la industria y, por tanto, crear una estructura fija y estable, eso es lo que se nos narra en Lo único que deseo es poder crear un lugar de trabajo para hacer buenas películas, entrevista donde se comenta también el anuncio, en la revista Animage, para contratar nuevos animadores, el perfil de los mismo, y el deseo de crear un entorno de trabajo bueno y saludable. Muy interesante.

Entre los textos recogidos hay dos encuentros, el primero de ellos es con Akira Kurosawa y el segundo con el dibujante francés Moebius. En el primero la conversación empieza un tanto fría, pero se vuelve más fluida e interesante poco a poco; Miyazaki suele hacer las preguntas y comentarios y Kurosawa se explaya más, mientras que en el segundo, que es el penúltimo capítulo, es el realizador de El castillo ambulante quien tiene la voz cantante. En la primera charla Miyazaki comenta la dificultad de hacer un jidaigeki (por aquel entonces, 1993, estaba dando forma a lo que luego se convertiría en La princesa Mononoke), y aunque muestra sus dudas, ciertamente se observa que tenía muchas cosas claras (como el periodo histórico donde transcurrirá la historia), pero en general se centran en cómo hace cine el mítico director de Los siete samuráis. Ambas charlas son muy amenas e interesantes, aunque en la segunda hay una mayor confianza desde el principio, por lo que se hace más entretenida si cabe.

Uno de los capítulos más breves, Cosas que viven en los árboles, también creo que puede ser el germen de Boro la oruga, una historia que quiso hacer largometraje pero que Toshio Suzuki no dio su aprobación. Y lo creo no porque haya visto el corto, sino porque además de explicarnos su amor por los árboles, también expone su deseo de hacer una película desde su punto de vista. Además, advierte de la necesidad de preservar el medio ambiente y sus criaturas, nos gusten estas o no. Otro capítulo donde toca su preocupación por la protección de la naturaleza es Todos los que viven en el mundo natural tienen todos los mismos valores (título claramente mejorable), donde reflexiona sobre la relación de los humanos con su entorno y ese punto intermedio que intenta mostrar en La princesa Mononoke, que debía estar a punto de estrenarse. También habla de su cabaña en el bosque, su rutina allí y su incapacidad de quedarse a vivir permanentemente en ella, pero a la vez señala la importancia de estar en contacto con la naturaleza.

Cuadernos de pensamientos al azar quizá sea el apartado con menor interés, habla de las radionovelas (de hecho, aparentemente es una transcripción de una emisión radiofónica), de la guerra, su interés por ella y sobre dibujar aparatos para la guerra. Mientras que en el octavo capítulo explica los porqué de la creación de La princesa Mononoke, además de situarla en su contexto histórico y explicar brevemente otros periodos para compararlos con el Muromachi.

Dos textos donde reflexiona sobre la infancia son Cinco minutos de un niño pueden equivaler a un año de un adulto y Recordando los días de mi juventud. En el primero comenta su gusto por los cuentos ilustrados infantiles, especialmente El cazador de tesoros de Reiko Takagawa, para luego volver a comentar el hecho de que los niños estén bombardeados con imágenes en movimiento, y que deberían de tener tiempo para disfrutar con cuentos o mirando una pelusa, terminando con una nota personal sobre una excursión con sus hijos y sobrinos a una isla. En el segundo hace memoria sobre su niñez y su adolescencia, cuando deseaba hacerse mangaka y lo que supuso para él ver La leyenda de la serpiente blanca, la primera película de animación japonesa en color, y su reafirmación de hacerse animador tras el visionado de La reina de las nieves de Atamanov. Asimismo, añade que el entorno en el que vivían los niños antes era un “mundo infantil independiente de la sociedad adulta”, cosa que se perdió cuando apareció la TV y les pareció más atractiva que la realidad. A su vez, comenta la reducción de la escala de valores, que ahora se limita a todo aquello que genere “ganancias o pérdidas”, y propone un experimento educacional bastante sui géneris. Este texto debe ser el causante de que se creyera, a finales de los noventa, que se retiraba, ya que afirma: “La princesa Mononoke es la última película que realizaré como animador. No puedo dibujar más en el estudio. No tengo suficientes fuerzas.” Pero también se pregunta: “(...) la cuestión es qué crearé a continuación. Cuando lo decida, espero llegar más lejos que con La princesa Mononoke.”
Los dos siguientes textos se centran en el mundo de la aviación y en la figura de Saint-Exupéry. De hecho Sacrificios del cielo está incluido en la edición japonesa de Tierra de hombres, donde hace un somero recorrido por la historia de la aviación, recalcando el número de muertos que ha dejado para llegar a ser lo que es hoy (recordemos esa imagen tan icónica de Porco Rosso), especialmente durante las dos grandes guerras, pero también en la aviación civil, como en el correo aéreo. En El cielo por el que voló Saint-Exupéry describe emocionado su experiencia, en un merecido descanso tras la agotadora producción de Mononoke, de haber recorrido los cielos por los que surcó el autor de El Principito, citando una de las últimas frases del escritor francés: “El hormiguero del futuro me horroriza”. Sentencia que sintió como verdadera al sobrevolar por la costa española, “arruinada por el desarrollo urbanístico”. Dan ganas de leer Tierra de hombres al leer estos textos.

Los tres capítulos siguientes son breves y trata diferentes temas. En Desaparecido explica la finalidad de realizar El viaje de Chihiro. En El corazón que acepta «un hombre solitario» alaba a Tokiko Katö, la dobladora de Gina en Porco Rosso y cantante del tema final; aquí se echa especialmente en falta el contexto por lo que lo escribió Miyazaki, sobre todo porque además algunos verbos están en presente y otros en pasado. Mientras que Así que, ¿de aquí a dónde vamos? es un discurso de agradecimiento por el premio del público de la revista de cine decana en Japón, dando una visión pesimista sobre el mundo de “los dibujos animados”.

Los niños tienen un futuro que trasciende la «imaginación» y Nada me hace más feliz que ver jugar a los niños están dedicados al Museo Ghibli y sus destinatarios principales. El segundo es bastante breve, y explica su deseo de que el museo no sea simplemente para infundir nostalgia, sino para inspirar sobre el futuro, de ahí que no deben dejarlo en manos de una subcontrata que se limite a mostrar los trabajos del estudio, de la determinación de continuar haciendo cortos exclusivos y de calidad, y de que los productos de la cafetería no se conviertan en simple mercancía. El primero es de los textos, que es de los que me han parecido más interesantes y más me han gustado, describe el proyecto inicial del Museo y lo que finalmente se pudo hacer, haciendo un recorrido por sus pisos y lo que hay en cada uno de ellos, para terminar con un alegato por la infancia. El texto, desgraciadamente, se ve muy deslucido por todas las erratas que tiene.

Cierra el volumen Elogio fúnebre de Isaho Takahata (así, tal cual), el breve pero bonito discurso que Hayao Miyazaki leyó en el funeral de su amigo y rival, donde contó cómo se conocieron y el duro trabajo de Las aventuras de Hols. Muy elocuente y emotivo.

La edición de Cómo piensan los niños... es muy bonita, sus níveas y diáfanas tapas entran por los ojos, su tacto resulta agradable y su liviano peso hace que lo quieras leer en cualquier parte. Me encanta el detalle de su lomo y al abrirlo la fuente y la maquetación mantienen las impresiones de que va a ser una lectura agradable, además algo que encantará a todo seguidor de Miyazaki es la imagen de Totoro junto a la rúbrica del cineasta, lo cual es casi como tener una dedicatoria del director de El viento se levanta (ya no las hace por culpa de personas mezquinas que comerciaban con ellas). Confluencias Editorial es la responsable de su publicación en España... aunque lo ha impreso en Polonia (cosas absurdas de la globalización y deslocalización, me temo).

Ahora bien, cualquier lector, por muy transigente (o poco exigente) que sea, me parece imposible que no se lleve las manos a la cabeza (metafóricamente hablando... o no) en algunos pasajes. Porque lo que pienso que le falta es una relectura sosegada por ojos propios y ajenos y, por tanto, una revisión profunda de los textos. No estamos hablando de unos pocos errores ortotipográficos, que obviamente los hay (demasiados en según qué puntos), sino de errores de traducción que incluye alguno de concordancia de género y algún que otro tiempo verbal, muy especialmente en sus últimos capítulos, donde se concatenan tantas erratas que pueden llegar a ser sangrantes para lectores sensibles como un servidor. Pero es que ni son coherentes con los títulos, cuando escriben Nausicaa en casi todos los capítulos y al final sí que escriben Nausicaä... Por suerte, todo tiene arreglo, solo tiene que vender lo suficiente (así lo deseo) como para merecer una segunda edición donde deberían dejarlo libre de fallos (mis notas están a su disposición, señores y señoras de Confluencias).

Cómo piensan los niños y otros recuerdos de mi vida es una maravilla de libro para cualquier fan de Miyazaki. A pesar de los errores mencionados, para mí es un tesoro. No es una mera lectura de usar y olvidar, sino que nada más terminar de leer un capítulo te pide releerlo, como así he hecho con casi todos, y al finalizar el volumen completo te vuelve a picar el gusanillo de sumergirte en sus páginas (y así lo he hecho). Su lectura es rápida y amena, pero no son textos superficiales, sino que muestran la filosofía y las preocupaciones del maestro, esas ideas y temas que aparecen siempre en sus obras y con las que tantas personas, pequeñas y grandes, han conectado a lo largo y ancho del globo. Una lectura ligera pero trascendente. Imprescindible.



LO MEJOR:
-Que el propio cineasta sea quien nos cuente sus inquietudes y lo que le impele a hacer películas (y alguna que otra anécdota).
-Que es una lectura muy amena y sin desperdicio. Algo más de 160 páginas de máximo interés para el aficionado.
-Que se haya publicado un libro del propio Hayao Miyazaki. Esperemos que sea solo el primero.
-La edición, físicamente y visualmente hablando, es realmente bonita.

LO PEOR:
-Las erratas.
-Isaho Takahata (y más cuando en capítulos precedentes escriben Isao).
-Que escriban Catbus en vez de Gatobús (más cuando traducen el título del corto al español).
-También se hubiera agradecido que, por coherencia, tradujeran todos los títulos de las películas con su traducción oficial (como, por ejemplo, El castillo ambulante en vez de El castillo ambulante de Howl).

Algunas citas:
“Intento crear lo que quería ver cuando era niño.”
“(...) lo que queríamos hacer era crear animaciones que tuvieran un significado y que valiera la pena hacer (...)”
“(...) no creo que sea adecuado para nosotros rechazarlos y eliminarlos únicamente porque creamos que sean asquerosos (...)” [refiriéndose a unos mosquitos, y se sobreentiende que al resto de seres vivos]
“Así que, ¿a dónde iremos a partir de aquí? Por lo que a mí respecta, el tiempo que me queda intentaré simplemente continuar seguir avanzando.”

Libros sobre Miyazaki y Ghibli:

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